Colombia – “Yo lo que más quería era tener jardín más que casa, por eso traté de hacer el jardín lo más grande posible y las casas lo más pequeñas posibles. Este es uno de los sitios donde vivo, porque viajo mucho. Me estoy moviendo por Brasil, China, Cartagena, Pereira, los Llanos, lejos de Bogotá. Este es mi ‘polo a tierra’ porque aquí vengo a que me laven la ropa. Cuando vengo aquí es a hacer pereza, nada más. Esta es mi casa de campo”.

Así piensa Simón Vélez de su jardín salvaje en pleno centro de Bogotá. Fue lo primero en lo que pensó cuando le entregaron su casa-lote hace más de 40 años: “Tengo que hacer un jardín”. Y su inspiración la encontró en el Maestro Ariza, un pintor paisajista que vivía al frente de su casa.
“Quería tener un jardín salvaje, un jardín sin jardinero. Todo lo que hay aquí es vegetación nativa que he ido reuniendo poco a poco. Cuando salgo por carretera arranco las maticas de los barrancos, es una especie de safari botánico, nunca compro matas en vivero. La biodiversidad de Colombia es tan extraordinaria que uno tiene un vivero enorme en cada una de las carreteras de este país”.
Esta obsesión por elementos de la naturaleza le viene desde niño, en su natal Manizales, donde se crió en una casa con jardín y en una familia de vocación campesina. “La presencia de la naturaleza siempre ha sido importante en mi vida. Si yo viviera en un apartamento, me suicidaría”, afirma muy convencido.
Y eso es lo que ha ido construyendo en este espacio, del cual sólo conserva su fachada original. Todo lo demás lo ha transformado según su perspectiva de la vida y hoy es una combinación de biodiversidad, grandes ventanales, pequeños lagos, piedra maciza, esculturas de la antigüedad, guadua, mucha guadua. Eso es lo que predomina, su sello personal. “Esto es arquitectura sin arquitecto, así es este estilo. Es lo que he ido construyendo lentamente, sin afanes, con todas las limitaciones que hay”.
Su ejemplo ya ha sido imitado por otros propietarios de casas en La Candelaria, que han querido darle ese ‘toque especial’ a sus interiores y han dedicado grandes espacios a la jardinería urbana.
Otro de los aspectos que resalta en esta arquitectura original es la presencia permanente de rocas macizas, piedras de antiguas demoliciones que muchos vecinos le llevan a su casa y que él utiliza para decorar su jardín, así como viejas columnetas y esculturas viejas como el famoso ‘mono de la pila’ que alguna vez adornó una pileta del centro de Bogotá.
Desde el segundo piso de su casa, donde se divisa una espectacular panorámica del centro de Bogotá, muy cerca de la iglesia del barrio Egipto, este ‘ermitaño de la arquitectura’ de 60 años no piensa en si es feliz o no. Su única aspiración por ahora es conservar la buena salud, que es lo realmente importante en la vida, por eso no se quita el sombrero para protegerse del sol, al que considera un enemigo muy peligroso. “La humanidad tiene que volver a usar sombrero”, dice.
Así es el mundo salvaje de Simón Vélez, un mundo que recrea -literalmente- cada vez que alguna de sus obras ve la luz en cualquier rincón del planeta.


















































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